Los toltecas la conocían hace más de mil 200 años como Tollán. Quetzalcóatl la dejó para nunca volver y sus atlantes aún la protegen celosamente, es la zona arqueológica de Tula, una de las ciudades prehispánicas más importantes y enigmáticas del México antiguo en Hidalgo.

Por su cercanía con la ciudad de México (una hora y media aproximadamente), la visita a Tula puede hacerse en un día. Y aunque el sitio que rodea la zona es árido, la belleza del lugar resalta con la integración perfecta de la plaza mayor rodeada de un juego de pelota, el Palacio Quemado, el Muro de las Serpientes, un Chac-Mool, la pirámide principal con sus atlantes y el museo de sitio.

La luz contra la oscuridad

Tollán fue un gran centro ceremonial donde los toltecas manifestaron la vida avanzada y progresista de su cultura desde el año 713 d.C. Su apogeo tuvo una duración de 400 años (siglos X y XII d.C.), etapa durante la cual destacan como grandes artistas, estudiosos de la ciencia y fuertes guerreros. Fueron los mexicas los principales herederos de este conocimiento.

Es también la ciudad donde se da el mítico encuentro entre el dios más importante, Quetzalcóatl, y Tezcatlipoca, la luz y la oscuridad cuyo resultado sería la derrota de Quetzalcóatl, quién partiría a tierras mayas para convertirse posteriormente en la serpiente emplumada, el dios del viento, la estrella matutina con el nombre de Kukulcán.

De sus edificios sobresale el templo conocido como la pirámide de los Atlantes. Consta de una base cuadrada de 38 metros por lado y 10 metros de alto, con fachada de bajos relieves de águilas que devoran corazones, y tigres en marcha simultánea y ordenada.

Atlantes, aún un enigma

Los atlantes de Tula, conocidos también como gigantes o colosos, miden 4.60 metros de altura, pesan ocho toneladas cada uno y tienen un metro de diámetro. Están formados por cuatro secciones de piedra, unidas o ensambladas por el sistema de caja y espiga.

Su indumentaria se compone de un tocado con un turbante que sujeta un haz de plumas cortas, grandes orejeras rectangulares, un gran pectoral en forma de mariposa estilizada, un taparrabo o faldellín bordado que se sujeta con un cinturón que lleva atrás una hebilla o disco solar, tobilleras y sandalias con taloneras decoradas con serpientes emplumadas.

En la mano derecha sostienen un "atlatl" o lanzadardos, y la izquierda un haz de estos mismos, una espada curva y una bolsa de copal. Los cuatro atlantes de Tula están esculpidos por los dos lados, es decir, tienen dos vistas.

La última palabra sobre el significado de los atlantes no está dicha, pues existen muchas conjeturas entre arqueólogos y ocultistas, mismos que cada quien por su parte les atribuye distintas facultades.

Por ejemplo, para los primeros son la representación de cuatro guerreros toltecas que formaban la guardia personal de Quetzalcoátl con sus típicos atuendos de guerra, mientras que para los ocultistas, las esculturas muestran una serie de instrumentos que son producto de una tecnología muy avanzada no de este planeta, con rasgos y complexión física que tampoco corresponde a como era la mayoría de la población tolteca.

Todas las piezas fueron descubiertas entre 1941 y 1942 y se exhibieron en la plaza norte.

Fue hasta 1960 que se colocadas en la plataforma superior de la pirámide donde ahora se encuentran. Como dato curioso, la zona arqueológica de Chichén Itzá, en Yucatán, cuenta también con una versión de los atlantes, en los pilares del Templo de los Guerreros, las columnas tienen las mismas armas y la misma expresión.

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