Cada noche, mi hija de 8 años me pide que le platique una historia. Por supuesto, esas historias tienen reglas y la primera es que no puede ser leída de un libro sino inventada en el momento o, en su defecto, recordada. En general, cada historia debe ser fantástica, imaginativa, maravillosa y esperanzadora o bien consistir en uno de esos recuerdos o anécdotas increíbles de los que todos tenemos al menos uno. La última regla que mi pequeña dictadora ha establecido es que la heroína debe ser ella misma o al menos una mujer, sea plebeya, princesa, hada, sirena o vengadora.
La otra noche me di cuenta que tenía algo grande para contarle. Una de esas pocas veces en donde la historia del día conjuntaba cada uno de los elementos que nuestra acuerdo despiadadamente solicita. Era una historia que, siendo real, me había maravillado, emocionado, esperanzado y tenía en su principal protagonista a una mujer, o mejor dicho, a un grupo de mujeres. Era la historia de las Orquídeas de Sian Ka’an.
Érase una vez un grupo de mujeres que habitaba en Punta Allen. En su mayoría eran esposas de integrantes de las cooperativas de pescadores y excursiones acuáticas locales. Mientras que unas se dedicaban al hogar y al cuidado de sus hijos, otras partían su tiempo en las labores que una comunidad tan pequeña les permitía, viviendo una vida placida pero sencilla, propia de un lugar alejado pero lleno de maravillas.
Un día llegó un hombre, cargando consigo una chispa que a la postre sería incontrolable. Me cuentan que su nombre era Julio Moure y que por muchos años fue encargado del proyecto COMPACT del PNUD, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (http://www.undp.org.mx/) en la región. Dicen que aquel hombre les propuso la creación de una cooperativa integrada específicamente por mujeres y con alguna actividad que no se contrapusiera contra las de sus maridos, pero que eventualmente les ayudara a mejorar su calidad de vida. También dicen que ese día, ellas le hicieron caso.
Contra todo pronóstico, y en medio de descalificaciones y escepticismo, las mujeres decidieron discutir el tema, hacerse cargo del mismo y constituir finalmente su propia cooperativa, decidiéndose por la actividad turística aprovechando los increíbles recursos naturales que su comunidad tenía. Y así, de pronto, aquel grupo de “alborotadoras” (como se dice que algunos las llamaban) pasaron a ser las “Orquideas de Sian Ka’an”, un grupo de mujeres que sentaban la bases para la diversificación de la actividad turística en Punta Allen, pero sobre todo, un poderoso grupo de agentes de cambio en la mentalidad de cada integrante de su comunidad.
Como en toda buena historia, nuestras princesas tuvieron ayuda de algunas hadas madrinas (aun cuando nada hubiera pasado sin su férrea voluntad). Dichas hadas, tomaron forma en la Alianza WWF–Fundación Carlos Slim, el Programa de Naciones Unidas del Fondo del Medio Ambiente Mundial del PNUD, la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an y la Asociación de Amigos de Sian Ka’an (quienes han gestionado para ellas fondos de la Alianza WWF – FCS y han sido los principales aliados y asesores técnicos del grupo, eligiendo especialistas para su capacitación y seleccionando algunos de los equipos con los que hoy cuentan).
Cuando yo las conocí, el proyecto llevaba alrededor de dos años desde la constitución de la cooperativa y, a pesar de no pocas vicisitudes, se tenían ya desarrolladas excursiones que incluían el senderismo, recorridos en kayak por la laguna de Sianka’an y un recorrido en bicicletas. Invitado por dos grandes cómplices del proyecto (Vicente Ferreyra, Director de Turismo Sustentable de Amigos de Sianka’an y Benjamín Jiménez, mercadologo turístico que las está asesorando en la materia), lo primero que pude ver en los ojos de aquellas mujeres uniformadas y alineadas para recibirnos fue el orgullo por lo que hacían y la plena convicción de que aquella locura seguramente constituiría un giro positivo en cada una de sus vidas.
Ese día y el siguiente, en la primera vez que las orquídeas llevaban a cabo sus excursiones guiadas, tuve la oportunidad de ver el puente que estas maravillosas mujeres habían creado entre los visitantes, su forma de vida y el increíble ecosistema de la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an. Aún para alguien como yo, un “poco regular” participante de las actividades de aventura, las excursiones fueron como ir a la escuela, recibiendo invaluables datos sobre la flora y fauna locales, sus variedades, sus procesos de reproducción, los esfuerzos de conservación locales y las especies en peligro. Al mismo tiempo, cada uno de los recorridos acabó tornándose en un crisol de procesos sensoriales consecutivos, plenos de formas, sonidos, colores y olores, dejando en mí una paz interna incomparable, suficiente para hablar de una experiencia completa, memorable y aparentemente insuperable. Aparentemente.
Y es que las “Orquídeas” no podían dejar de sorprendernos. Solo ellas podrían complementar y enriquecer esta historia hasta hacerla inolvidable, única. Sólo ellas podrían superar todo lo visto a lo largo de dos días y erigirse como el elemento diferenciador de sus propias excursiones. Ellas y sus anécdotas en el camino, su folclor, los vastos conocimientos adquiridos en los últimos dos años y los que heredaron el día que nacieron. Ellas con su profesionalismo, con la seriedad con que se toman a sí mismas y con la que ponen en su relación con los turistas. Ellas con el respeto que tienen por el medio ambiente, por su comunidad y por sus familias. Y por supuesto, ellas por su participación en el contexto de este incomparable proyecto.
Hoy por hoy están prácticamente listas, operativas y son solo detalles para que la primera parte de esta historia quede completada. Ellas dicen que están viviendo la naturaleza, aunque yo sé que en Punta Allen lo que se está viviendo es un sueño: el de ellas y el de todos nosotros.
A mi hija le dije al final de la historia que las orquídeas vivieron felices para siempre. De corazón, así lo espero.
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