… Cómo aquella sopa de letras con la que aprendió a leer mi querida Rosalba -interrumpió Adelor- quién dejó la famosa cocina de Manolita al escuchar nuevas voces en el patio, es una extraordinaria estrategia invitar a los niños que identifiquen las letras a través de un platillo tan popular como la sopa de letras, es así como mis nietos han aprendido a leer, en verdad que su madre nos ha heredado, sin querer, una forma divertida de acercarse al alfabeto.

-Estimado Adelor, Rodrigo y Don Juan el secreto de todo está en la imaginación y si algo tenía mi madre era imaginación en la cocina, a través de los sabores lograba cautivar a propios y extraños,  al hacer una pausa, la mujer suspiró profundamente al tiempo de cerró los ojos como si se trasladara  a otro tiempo.

Al revivir la escena, escuchó la voz angelical de su madre –doña Lucha Pego- volvió a suspirar y dejó en su rostro una expresión de placer, inexplicable para los demás. En su interior escuchó nuevamente a doña Lucha: “A la mesa niños, estoy sirviendo una sopa que habla, vengan les va a gustar se los garantizo, manos lavadas antes que nada para no ensuciar el lindo mantel que bordaron con sus pequeñas manitas y que me dieron el día de las madres, apúrense que las letras están brinque que brinque dentro del plato esperando a los comensales”.

Los niños corrieron al llamado de su madre, prestos y sonrientes mostraron sus pequeñas manitas a la madre mostrando que habían cumplido con el requisito de lavar las manos. De nuevo, la voz que fascinaba a Rosalba, tenía eco en su cabeza: “Una vez lavadas las manitas todos tomen una servilleta, listos, sigamos las instrucciones de la capitana de este barco; agarren la cuchara, coman un poco de sopita, mientras la mastican tienen permiso de buscar en su plato alguna palabra que se esté formando ahí dentro”.

Los niños atentos posaron sus miradas sobre sus respectivos platos, de pronto como un asunto mágico las palabras se formaban en cada uno de los platos, en el de la pequeña Rosalba apareció amor, la alegría de la pequeña no se hizo esperar y abriendo sus ojo negros lo más grande que pudo, en tono amable llamó a su madre: “Madre aquí está la palabra amor, pues ponla sobre tu servilleta y trata de formar otra palabra con la ayuda de las que ya tienes; pero ya sabes, después de una gran cucharada que te comas, así lo hizo la pequeña y nuevamente apareció otra palabra “sabo”, con la “R” de amor podría formar sabor, la pequeña se apresuró y obtuvo la palabra sabor, la excitación de la pequeña crecía, sus hermanos mayores no habían logrado más allá de algún monosílabo como él, la, mía, y oso; Rosalba, que en aquel entonces tenía 6 años, tenía la fortuna de tener dos palabras, tomó nuevamente la cuchara conforme a las instrucciones de su madre, se llevó a la boca un bocado de la famosa sopa de letras y nuevamente observó el plato y descubrió que podía formar la palabra paloma con la ayuda de la “A” de “sabor”.

-¡Gané! Es la primera vez que les gano, gritó la mujer, quien abruptamente regresó a su presente - cuéntenos que ganó, preguntó a doña Rosalba el Veloz, intrigado por la ausencia momentánea de la mujer.

-Don Juan, interrumpió la enigmática mujer- gracias por permitirme recrear mi infancia en compañía de ustedes, mis amigos, es que con aquella sopita de letras logré tener confianza en mí misma. Mi madre  así nos enseñó, poco a poco y en medio de risas y juegos, a leer y escribir entonces, para cuando  entramos a la primaria, íbamos muy aventajados con respecto a los demás niños, además así de manera muy inteligente y sutil, la famosa doña Lucha nos motivaba a comer; cuando servía el plato fuerte, de manera audaz, nos invitaba a leer nuestras palabras mágicas de sopa y nos explicaba el significado; de tal manera que lograba que comiera carne cuando a mí, como ustedes bien saben, la carne no me pasa, pero he de reconocer que aún guardo el sabor de aquellas tortas de carne en caldillo de jitomate que mi madre preparaba, una sola tortita me decía y el postre de arroz con leche pasas y nuez acompañado con coyotas: será todo tuyo, Rosalba.

Es por eso que he traído para la fiesta de Manolita, unos cuantos litros de arroz con leche estilo doña Lucha y unas cuantas docenas de coyotas. ¿Coyotas? preguntó Adelor ¿Será que en este memorable día de festejos usted tendrá por fin a bien darnos tan exquisita receta?

Pues esa será su cuelga, querido Adelor; aunque no es su cumpleaños se la daré, después de tantos años. Le recuerdo que las coyotas son un postre muy sonorense y que a nosotros los yakis nos encantan. Mire, no es nada complicado, es cosa de tener paciencia y un poco de dedicación para que no se le quemen. Usted necesitará azúcar, piloncillo rayado, levadura en polvo (Royal), harina de trigo, sal, manteca vegetal y agua tibia, eso es todo.

Deberá deshacer y moler el piloncillo y mezclarlo con el harina. Aparte en un recipiente, añada el azúcar con la manteca y el agua. En otro tazón, mezcle el harina y el royal con el azúcar, la pizca de sal, la manteca y el agua. Amase constantemente hasta que se forme una masa suave y cuando adquiera buena consistencia, déjela reposar unos 40 minutos. Con suavidad y mucho cariño forme pequeñas bolitas y extiéndalas como si fueran tortillas. En cada una de ellas, al centro, coloque la combinación de piloncillo y cúbralas con otra pequeña tortilla. Cierre cada coyota por la orilla y después hornéelas a unos 160° de 15 a 20 minutos, hasta que se deshaga el piloncillo. Deje enfriar ligeramente y a comer, sólo tenga cuidado de no quemarse Adelor, porque con lo goloso que es usted puede darse una buena quemada en la lengua, concluyó en tono irónico la mujer…

Manolita Recomienda: En enero se lleva a cabo el laboratorio del gusto del año organizado por Slow Food–México el cual, como ya es tradición, está dedicado a los tamales y atoles, con motivo del día de la Candelaria. Durante el evento se podrán degustar tamales de picadillo de camarón de Sinaloa; tamales borrachos de Monterrey, los tradicionales tamales del Valle de México; y el gran tamal de celebración, el zacahuil de la Huasteca Potosina. La cita es en la famosa Fonda San Ángel ubicada en Plaza San Jacinto, número 3 en San Ángel, Ciudad de México.