Adelor, que era un gran sibarita, había preparado algunos platillos para la fiesta de Manolita, cada uno de ellos tenía su historia y el hombre estaba dispuesto a contarlas con gusto antes de que fueran servidos para los invitados. Primero dijo, en este festejo no podían faltar unos platanitos rellenos, un jigote de pavo, un auténtico pastel de elote y un marquesote.
Me hubiera gustado traer tortuga, la icotea o la pochitoque, que son el ingrediente principal para preparar tortuga en salsa verde o en sangre, pero en estos tiempos es muy complicado encontrarla, cuando era niño se comía frecuentemente y no había restricciones, pero hoy se tiene que ir a comprarlas a los criaderos.
Pero el pastel de elote sí lo hicimos con la receta original, lleva el maíz molido en metate y lo cocimos en el horno de leña.
El paisano siempre con sus ocurrencias, decía Rodrigo, quien recordó que las historias de familia eran muy similares porque al final se trataba de historias tabasqueñas.
Adelor hablaba continuamente de las mujeres hermosas de su tierra, fuertes y trabajadoras, robustas y alegres, que hacían maravillas en las cocinas y que, a pesar de tener tantos hijos a quienes cuidar, ayudaban con entrega a los maridos a trabajar.
Mi madre era hermosa, decía Adelor y suspiraba, desde muy pequeño me enseñó a buscar buena mercancía en el mercado, claro que para aprender me lleve unos buenos jalones de orejas. Fíjate, me decía, que los jitomates estén macizos pero bien maduros, no traigas manteca descolorida ni un pescado al que no le brillen los ojos, eso no sirve, está viejo; que te pesen bien la verdura y no traigas fruta pachicha esa no sirve ni para hacer agua.
Adelor en más de una ocasión se tardó en llevar los encargos de su madre; es que se quedaba jugando canicas con Shakespeare, Manlio y Simplicio, amigos con los que compartía las tardes calurosas junto al molino del nixtamal.
Manolita y Adelor disfrutaron innumerables veces del pozol y del popo, cuando lo hacían, recordaban anécdotas como aquella que contaba que Tabasco no era una tierra, sino un agua, por las continuas inundaciones que sufría la región. En algunas ocasiones, los paisanos disfrutaban contando las travesuras que les hacían a sus hijos y esposos, como las ocurrencias de Manolita. Adelor en son de burla memorizó aquellas palabras que, en un arranque de locura su querida amiga aprendió en Sinaloa durante un enojo con Rodrigo. Manolita, que se distinguía por su carácter fuerte y en ocasiones explosivo decidió, según ella, dar un escarmiento a Rodrigo. Tenía pocas semanas de haber conocido al famoso paisano, pero le llamó para avisarle que le daría un buen susto a su marido, fue entonces que la determinada mujer tomo el auto y se lanzó a la aventura con sus hijas adolescentes.
En aquel momento, Manolita dijo que su destino sería hasta donde aguantara su vieja camioneta y así fue, sonreía Adelor al contarlo, solo llegó hasta un pueblito conocido como El Quelite a las afueras de Mazatlán, y como si no hubiera hecho una barbaridad, me llamó desde aquel lugar y me dijo “-Ahora sí, paisano, se me acabó la gasolina y esta charchina ya no jala, así es que por favor, dígale a mi marido que mande por mi y por su prole, que a ver cómo se las arregla para que yo no siga enojada”.
Manolita Recomienda: En septiembre se elaborara el tradicional Mole Prieto en Contla, Tlaxcala, ofrenda dedicada a la diosa Toci; diosa de los Textiles y de La Salud. Antes de la llegada de los españoles se preparaba con maíz guajolote, venado y/o Xoloitzcuintle. A la llegada de los españoles, cambió rotundamente sus ingredientes y es así como tanto carne de venado, izcuintli y guajolote son sustituidas por la carne de cerdo. Este plato típico contlense es servido en cajetes y se toma caliente. Se acompaña de tamales de anís y se sirve con trozos de carne de cerdo ¡Buen Provecho!