¡Historias de fantasmas! Sólo eso nos faltaba que creyéramos en los fantasmas, Adelor, su amigo Máximo se distingue por inventar esas historias de duendes y de aparecidos y procura poner a la gente nerviosa con ellas. Pero a quien hay que temer es a los vivos no a los muertos.
Recuerdo el miedo que les daba a mis hijos cuando les contaban historias de muertos de la Revolución enterrados en zanjas a modo de fosas comunes a orilla de las calles en Tepoztlán. Los pobrecillos querían dormir abrazados a mi y a Rodrigo para que los protegiéramos de los fantasmas ¡hágame usted el favor! Paisano que cosas esas ¿no?
¡Hay señora! interrumpió Lupe, claro que hay fantasmas en los pueblos, sólo que hay que tener algo así como un don para poder verlos. Se acuerda cuando íbamos a Tepoztlán, ahí mi amiga Margarita quien aseguraba poder ver a los zapatistas después de muertos, me contó que su mamá que era la cocinera de la tropa no podía dejar de echarles la bendición a los caídos, pues según ella si no lo hacia la perseguían todas las noches.
- Si doña Manolita son cosas que pasan en los pueblos. Margarita que era la mayor de los hijos acompañó a su madre durante la Revolución, claro que andaban de un lado pal otro en los campamentos de la bola, lo peligroso era cuando los perseguían por que había que agarrar todos los trapos y correr pa´ donde fuera.
Dicen, que para darles de comer a tanto pelado, mataban a la res que se dejara – cómo que se dejara Lupe, interrumpió Adelor, si no es cosa de que se dejen- ¡bueno pues! la que crían que servía bien para alimentar a tanta raza, eso sí había días que mataban dos por accidente y una la aprovechaban para hacer cecina, ya ven ustedes que la carne salada de por allá tiene mucha fama. La mera verdad -aseguró Lupe- si es muy buena - aquí don Adelor- a la niña Manolita le gusta con crema y tortillas recién hechas, le hago una salsa molcajeteada, como me enseñó mi amiga Margarita, asamos jitomate, chiles de árbol, le ponemos su cebollita y un diente de ajo y como siempre digo a chuparse los dedos junto con unos buenos frijoles de la olla negros con su ramita de epazote.
¡Ah! suspiro Lupe ¡que habremos hecho para merecer tanto! Y tener siempre tan buena comida en esta casa, eso sí doncito, toda bien pero bien mexicana, como le gusta a la niña. Pero a mi señor Adelor, ya estoy como usted que no se me para la boca… le contaba que mi amiga Margarita acompañaba en la bola a su mamacita, que en paz descanse, imagínese usted la mujer dejó en casa a 7 hijos por que el marido se le había ido y para mandar algo de dinero que agarra a su hija mayor y se fue a trabajar de cocinera de adelita con los zapatistas.
Santas friegas que les metían, cuando tenían que huir, balazos por todos lados y córrele, todas sus pertenencia cabían en un costalito pequeño, así es que agarraban sus trapos y como podían se cubrían de la zacapela que les ponían, pero las mujeres tenían que asegurar, cuando menos que los soldados tuvieran algo que beber en el próximo campamento, así es que escondían hojas de naranjo o café entre sus tiliches y a Margarita que era muy niña le enredaban en la cintura las tripas de los animales que habían matado, llenas de alcohol .
- A caray interrumpieron al unísono los paisanos - sí señores así como lo oyen, las cocineras lavaban perfectamente bien las tripas de los animales y en ellas guardaban el alcohol, el aguardiente, para que no se les fuera a romper la botella al correr y también pa ´que no se las quitaran los enemigos, cuenta Margarita que aún siente el frío que le recorre el cuerpo, imagínese usted tener enredado en la cintura el alipus bien heleado. La punta de la tripa la iban aflojando, de la cintura de la niña para sacar el piquete que le ponían al café, y soportar el harto frío que hacia en las madrugadas; dicen que el primer cafecito con el chínguere aquel, los hacia regresar a la vida. A pero eso sí Margarita y su madrecita procuraban dar bendiciones a los caídos quesque pa´que no las anduvieran persiguiendo de campamento en campamento, vaya usted a saber, don Adelor, imagínese quedarse ahí bien muerto sin perro que le ladre a uno, por eso la gente del pueblo se compadecía y los echaban sin saber quien era quien en aquellas zanjas, y de vez en cuando traían al padrecito para ayudarlos con un poco de agua bendita.
La paciencia de Manolita se agotaba al escuchar el largo relato de Lupe, quien no dejaba de preparar los famosos itacates, al tiempo que contaba aquella historia. ¿cómo vas Lupe? Menos platica y más trabajo, inquirió la mujer.
Pero doñita, si no he dejado de trabajar desde la madrugada para esta mentada fiesta de sus ochenta años, pero, no se enoje, contestó así, con esa candidez que la caracterizaba, díganos al señor Adelor y a mí, que somos de todas sus confianzas ¿va a bailar el vals como cuando cumplió los cincuenta?
¡A que curiosidad la tuya mujer! cómo si no me conocieras, entonces la octogenaria al tiempo de cerrar los ojos suspiro. ¿mis cincuenta, como olvidarlos, todavía escucho la banda con la calenda, cuál vals, no hubo vals en los cincuenta Lupe, el vals ha sido siempre en mis repetidos aniversario de boda.
Tras un nuevo suspiro Manolita quedó en un momentáneo éxtasis…
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