– Mi querido amigo, aquí también hay jocoque fresco hecho por las manos expertas de las mujeres de este pueblo. Mire ese patio ahí a lo lejos, ese era el pequeño jardín de la casa donde nací, ahora usted ve esto muy remodelado, pero aquí caminaban las vacas y los burros.

Tras un suspiro el doctor arranco con su soliloquio habitual - recién regrese de Culiacán me puse a curar a los enfermos, ya sabe usted, amigo, el doctorcito del pueblo es muy solicitado- Rodrigo escuchaba atento las palabras de su anfitrión, quien además sorprendía a todo el que llegaba con la cantidad de anécdotas que contaba y sobre todo la velocidad con la que hablaba.

Yo no sé por qué – puntualizó, el singular personaje y nuevo amigo de Manolita- a los enfermos se les antoja enfermarse más de noche que de día, como si la noche no se hubiera hecho para dormir, así es que ya se imaginará, después de las siete, ya cuando los gallos y los animales se han dormido, empieza la corredera, que a doña Jerónima le duele la panza, que a don Chón lo tiró el caballo, que doña María está por dar a luz.

Mientras Adelor, ansioso, esperaba el ágape de su querida amiga, ella, nerviosa como nunca por la fiesta de sus primeros ochenta, buscaba en su habitación los accesorios que acompañarían su huipil blanco, bordado a mano por los amuzgos oaxaqueños para aquella ocasión especial.

Manolita frecuentemente se vestía de blanco porque, muy en su interior, disfrutaba pensar que nuevamente estrenaba un vestido de novia, aunque a su edad lo había hecho en tres ocasiones y por todas las leyes, como ella misma decía en burla, lo había hecho tres veces y con el mismo hombre como si no hubiera mucho de donde escoger, porque los seres humanos somos así y nos tropezamos con la misma piedra varias veces, y ella lo había hecho no una, sino tres, y en cinco años más, tenía planeado hacerlo por cuarta ocasión.

Por fin, dentro de la cajita de laca michoacana aparecieron los aretes y el collar de filigrana, con toda delicadeza los saco de aquella artesanía purépecha que había adquirido años atrás en la fiesta del domingo de ramos en Uruapan.

En aquella ancestral fiesta Manolita conoció a artesanos que con los años adquirieron fama internacional, descubrió el arte plumario y, como si fuera poco, algunos secretos de la cocina michoacana. Aún se le llenaban los ojos de lágrimas al recordar las historias de las mujeres cocineras. En su cabeza estaban los rostros de las mujeres, confundida en los recuerdos se peguntaba, quién me lo habrá dicho Benedicta, Juanita, Timotea, Amparo o Socorro, no lo sé, pero cuánta sabiduría de mujeres, se decía para sí Manolita.

-Mire doñita nosotras somos así, vivimos junto al fogón, aquí arrodilladas transcurre la mayor parte de nuestras vidas, nos arrodillamos en señal de agradecimiento a la madre tierra que nos da de comer con todos los frutos que nos ofrece la milpa; maíz, frijol, calabaza. Junto al fuego picamos cebolla y de tanto en tanto sacamos unas lágrimas ya sea por la lumbre, ya sea por el picor de la cebolla, pero aquí ocultamos nuestras lágrimas de alegrías o de tristezas, lavamos nuestras penas y disfrutamos lo de nuestros niños, de nuestra vida y es la madre tierra la que nos consuela, la que nos da fuerza para continuar.

¿Qué más podemos querer? Aquí nacimos, de aquí somos, aquí nos criamos, aquí nos casamos, aquí llegaron los hijos y aquí vamos a quedar, junto a la madre de todos, junto a nuestra tierra, donde hemos sido felices, donde nuestros tatas nos enseñaron a cocinar, a querer lo nuestro; pero doñita, aquí estamos y somos felices, ande pruebe esta atápacua de pato ¿qué tal, le gusto? O mire aquí hay atátacua de nopal con tortitas de arroz y queso.

Ándele doñita, aquí nos quedamos un rato juntas, platicando, y mientras hacemos un atole de chaquetea, ya está listo el metate para moler la cascara del cacao, ¿me ayuda? Y como si hubiera necesidad de decirme dos veces las cosas, pensó Manola, me arremangué los pantalones y la camisa, me encuclillé y a darle gracias a la madre tierra. Sonrió la anciana al cerrar su querida laca de Michoacán.

Manolita Recomienda. Ubicado en la Sierra Norte de Puebla, se encuentra el Pueblo Mágico de Cuetzalán, población que ha sabido conservar la tradición indígena totonaca y que ofrece al visitante cultura, aventura y gastronomía. A 175 kilómetros de la ciudad de Puebla, usted podrá disfrutar de la Parroquia de San Francisco de estilo renacentista construida en el siglo XVII, otro de los atractivos es el Santuario de Guadalupe, obra arquitectónica basada en la Basílica de Lourdes en Francia y cuya torre está decorada con jarritos por lo que se le conoce, también, con el nombre de la Iglesia de los Jarritos. Muy cerca de este lugar se puede descubrir lo que se dice es la ciudad gemela del Tajín, Yohualichan. Si el tiempo se lo permite es muy recomendable disfrutar de un domingo de tianguis, al que acuden todas las comunidades indígenas de la región y que conservan, en menor escala, como moneda de cambio el trueque. Para la comida disfrute de una cecina ahumada con tlayoyos de alberjones y hongos, de unas acamayas a la diabla, vino de maracuyá o yolixpan y por supuesto no deje de degustar un café, en la zona es de alta calidad. Dato curioso para los que disfrutan de la naturaleza es que los helechos arborescentes de la sierra, son una reminiscencia de la época paleozoica.