Manolita regresó de sus recuerdos cuando escucho la voz de su hijo mayor, a quién le llevaba tan solo 20 años. ¿Todo listo, madre? Hemos traído desde Sinaloa los camarones que tanto te gustan, como te dije, los podemos servir de entrada ya está preparado el aguachile, así es que no te preocupes, sólo hay que emplatar y ponerlos en las mesas. Pero aún hay más, doña Lourdes, tu amiga del restaurante Bahía, aquel que tanto te gusta en Mazatlán, te mandó los pajaritos, ya están fritos, hay frijoles refritos con manteca y salsa roja molcajeteada, así que será una gran comilona, como a ti te gusta, madre.

José que era alegre y bromista por naturaleza, desde niño se había dedicado a ser solidario con su madre, incluso, aprendió a cocinar desde pequeño acompañando a Manolita durante las faenas de la cocina.

Mi José, mi pequeño José, decía la mujer al estrechar entre sus manos a su primogénito, su compañero de travesuras, su cómplice, el niño de sus ojos como todos en casa le decían a José. ¡José Luz!

Ese niño alegre que con el tiempo se convirtió en un romántico irremediable, que lo mismo apoyaba a los artistas, a los artesanos, a las cocineras tradicionales, a los agricultores y a los defensores de la comida orgánica. José, solía decir Manolita, es inefable, se podía esperar cualquier sorpresa de él, como en aquel cumpleaños en el que se vistió de cocinerito, con tan sólo 5 años de edad, dijo que estaba listo para preparar su pastel de chocolate ¡Qué muchacho! no tenía ni idea de cómo se preparaban las cosas en realidad, se atrevió a no ponerle harina al pastel porque según él, era una receta exclusiva, en poco tiempo José acompañado de la Nana, había quemado el molde y generado una humareda que sacó a todos de la cocina, por supuesto que su madre rápidamente entró al rescate y, en menos de dos horas, le tenían hecho el anhelado pastel, que por supuesto José presumió a sus amigos como propia la creación.

Un pastel hecho a base de chocolate mexicano, molido a metate, con granillo de colores, y relleno de más chocolate, esponjoso y cremoso, Fiesta de Colores era el nombre de aquel postre que lo mismo se podía acompañar con atole que con chocolate a la mexicana (con agua) o bien con un cafecito de olla. José que era ocurrente había bautizado su travesura infantil como el cumpleaños del gran pastelazo o las ocurrencias de doña Manola, pues en aquella fiesta infantil, todos los habitantes de la casa ayudaron a confexionar dos piñatas a base de papel periódico, mismas que nunca pudieron romperse y que formaron parte de la decoración de la habitación de los niños por meses y meses.

Adelor, Adelor, escuchó a lo lejos Manolita mientras se desenredaba la larga cabellera plateada que entretejía habitualmente para hacer las trenzas que pasarían por su cabeza….

Manolita Recomienda: Una de las capillas más hermosas del mundo se encuentra en Puebla de los Angeles, me refiero a la Capilla del Rosario que esta anexa al templo de Santo Domingo, tiene un estilo barroco-novohispano y fue considerada como la octava maravilla del mundo o la “Casa de Oro” por la riqueza que hay en su interior, se encuentra en la calle 4 Poniente esquina con 5 de Mayo. Es recomendable dar un paseo por San Francisco y degustar la famosa cocina poblana. Para chalupas Santa Inés, para chiles en Nogada, tlayoyos y mole poblano el restaurante El Mural de los Poblanos, ubicado en la calle 16 de septiembre y certificado en el programa Tesoros de México, como “Tesoro de Puebla”.