¡Qué alegría! llegó a tiempo a los preparativos el paisano, como se decía a sí mismo desde que se conocieron. Eran casi cuarenta años de amistad con el famoso Adelor, el hombre con nombre de vino, como le llamaba Rodrigo al cómplice de aventuras gastronómicas de la familia.
Adelor, un nombre poco común, original, decía siempre Manolita, por no decir muy tabasqueño; la historia la contaba una y otra vez la mujer en cuanto lo veía entrar.
¿Ustedes saben por qué se llama Adelor este paisano? –Reía sonoramente Manolita al contarlo- Ahora verán. Se debe a un prominente tabasqueño de Teapa. Cuentan que antes de nacer, su madre tuvo mucho sufrimiento y que tardo horas en dar a luz, incluso pensaban que, en las condiciones en que la mujer se encontraba, no sobreviviría al parto.
El marido angustiado por su mujer y por el nacimiento de su hijo, se escondió en una bodega donde almacenaba productos provenientes del viejo mundo, entre tantas cajas el hombre encontró unas botellas de vino francés llamado Armagnac Delord, mismos que empezó a tomar sin mesura mientras esperaba noticias sobre el complicado parto, cuando de pronto escuchó los gritos de una de las empleadas de la casa: “Patrón, patrón, ya nació la criatura y es un niño, ya estese tranquilo que la señora ya pasó por lo peor y los dos están bien, ahora tendrá que escoger cómo se va a llamar su primogénito”.
El hombre, que apenas se sostenía, levantó la mano empuñando la botella y replicó, “¿Pues cómo ha de ser? Como este vino, Adelor”
Y así fue como bautizaron a aquel hombre que fue un luchador en Tabasco y ejemplo de esfuerzo y rectitud, y sobre todo, promotor de la educación. En honor a este prominente tabasqueño, aclaró Manolita, nuestro Adelor lleva su nombre, no piensen que es por el vino, sino por el prócer tabasqueño, argüía la mujer, y nuevamente esbozaba una pícara sonrisa.
El paisano era una caja de historias interminables que alegraba la vida de todos los que lo conocían. En su casa –según él mismo contaba- su madre que había parido a nueve, les daba de escoger diariamente lo que querían comer, así es que en un solo día la señora llegaba a cocinar hasta diez platillos diferentes….
Manolita Recomienda: La zona purépecha de Michoacán es ejemplo de los beneficios que trae el desarrollo turístico a las comunidades rurales. Derivado del trabajo sistematizado, Michoacán hoy es ejemplo nacional en turismo rural. Me refiero a la labor desarrollada en torno a las comunidades purépechas que al capacitarse en el marco del encuentro de cocineras tradicionales por más de siete años, han logrado consolidar productos turísticos rurales, en los que las mujeres cocineras han desarrollado negocios en torno a la gastronomía y a la hospitalidad.
Uno de estos productos exitosos lo podemos encontrar en Santa Fé de la Laguna, donde se ofrece gastronomía tradicional, como atápacuas, churipos, pescados, atoles, uchepos, corunadas y un número importante de tamales. Dicho poblado pertenece a la exitosa Ruta de Don Vasco, misma que recorre Pátzcuaro, Santa Clara del Cobre, Ihuatzio, Tzintzuntzan, Santa Fe, Quiroga, Erongarícuaro, Tupátaro. En el mes de agosto inicia la pisca del maíz, si decides viajar en esta época tendrás la oportunidad de degustar elotes tiernos a las brasas. Sirvan estas cuantas líneas para hacer un reconocimiento a Juanita Bravo y Antonina González Leandro, cocineras tradicionales michoacanas que han contribuido de manera determinante en el rescate de la gastronomía tradicional de su estado.