-¡Los mejores frijoles del mundo! Suspiró Rosalba, es la verdad, recuerdo que en casa de Doña Angelina las amistades de los hijos le llegaban de improviso sólo a comer aquellos frijoles; en una ocasión una amiga de Manolita: Rosa… Sí, con toda seguridad se llamaba Rosa, llegó sin avisar a la casa, lo tengo en la memoria porque Angelina me había pedido que ensayáramos unas puntadas de tejido de gancho para hacer unos cojines con hilo de cristal.
El timbre sonó justo a la hora de la comida y, como caída del cielo, la tal Rosa se hizo la aparecida, sabía perfecto que no encontraría ni a Manolita ni a Rodrigo, que ellos pasarían a eso de las siete a casa de Angelina, a recoger a la tremenda María y a José.
Nunca olvidaré aquella fecha, la mujer preguntó por Manolita y como pudo se escurrió entre la puerta y se metió, el monólogo duró varios minutos, para disculparse por la intromisión, por haber llegado sin ser invitada -Mire doñita no es que llegue así nomás, es que tengo que entregarle algunos encarguitos a sus parientes, por eso me tomé la libertad de llegar; pero no se preocupe por mí, que aquí puedo esperar- mientras se disculpaba, se las ingenió para sentarse en el comedor, no sin antes decir que por ella no se molestaran, ni se distrajeran de sus actividades.
Desde luego, que doña Angelina para ese momento ya estaba en la cocina, como correspondía, le ayudé a servir; nuestra anfitriona sin mayores preámbulos dispuso otro lugar y sirvió en primer lugar a la nueva visita, quien sin mucha pena replicó de inmediato -no crea doñita que llegué a esta hora para comer; pero se lo agradezco mucho, ya sabe que me encanta lo que usted cocina- y entonces, como era costumbre en esa casa, inició el desfile de pequeñas cazuelas con guisados diferentes, primero el famoso mole verde, después puerco con chilacayote, chicharrón en salsa roja, tortillas y, como siempre, frijolitos refritos.
Rosa no dejaba de halagar uno a uno los platillos que pudo degustar; pero al llegar a los frijoles no aguantó más -Doña Angelina, he tratado de imitar sus frijoles y nomás no doy con la receta ¿Cómo le hace para que siempre le queden tan buenos? -la mujer sonrió y con aquella paciencia que la caracterizaba, dijo: mire, yo sólo los pongo toda la noche en agua y al día siguiente los pongo en la olla, antes de que estén completamente cocidos, agréguele un poquito de aceite o manteca, según lo que tenga en su casa, un trozo de cebolla blanca y sal de grano; deje que hiervan hasta que estén bien blanditos y sirva bien calientes.
Para éstos que está comiendo usted hoy, sólo los puse a freír con aceite y cebolla bien picadita; desde luego que hay que estarlos vigilando para que no se tatemen y, de vez en vez, con la cuchara los aplasta hasta que queden espesos, todo a fuego lento y más o menos por unos 20 minutitos. Ese es todo el chiste.
La mujer incrédula, le respondió a nuestra anfitriona -¿De verdad no le pone nada más? Porque lo he intentado y nomás no me quedan como a usted ¿Me puedo servir un poquito más de frijoles? -desde luego contestó Angelina, sírvase lo que quiera -no me diga eso si ya me los acabé- respondió la mujer, que sólo iba a entregar algunas cosas a Manolita…
Manolita Recomienda.- A una hora de la ciudad de México se llega a Tepoztlán, un pueblo conocido como un sitio lleno de energía, donde incluso muchos aseguran que en su cielo han transitado ovnis. Aquí también existe una creencia que atrae a los viajeros. Se afirma que el camino a la cima del Tepozteco es un recorrido de purificación y reencuentro con el alma. El centro del pueblo es pintoresco por sus iglesias con fachadas sin restaurar y bardas de llamativos colores recién aplicados. La más importante de ellas es el Templo de la Natividad, al que se le llama convento pero en realidad, como dato curioso, nunca hubo monjas sino monjes. Si generalizamos, en Tepoztlán existen dos tipos de visitantes: aquellos que creen en lo metafísico o lo incomprensible y los escépticos, quienes buscan en este poblado un espacio tranquilo, dotado, casi siempre, de un buen clima. Hay también gente que atribuye ciertos “fenómenos” a la energía y a la mística, como lo que ocurre en el Templo de la Natividad al atardecer: lo último que queda iluminado en el valle, en el momento previo al anochecer, son sus torres. Para observar la belleza del convento nada mejor que disfrutar de la vista que ofrece Posada Tepozteco; desde donde se disfruta de extraordinarios amaneceres.





